miércoles, 26 de enero de 2011

TESTIMONIO PERSONAL

Para que el olvido no se lo lleve, voy a escribir una parte muy personal de mi vida. Se lo debo a mis hijos y nietos para que tengan memoria de cómo sucedieron los hechos y se puedan explicar tantas cosas inexplicables.
Intentaré desprenderme de la subjetividad tan inevitable cuando se relatan historias personales y pido perdón si no lo consigo en algunos relatos.
Lo que sí me interesa resaltar es que escribo con amor hacia los míos y sin odio a los que me hicieron daño. No busquéis venganza, tampoco olvido y quizás esté escondido algo de perdón.
Fueron situaciones duras que a nadie deseo pero creo que forjaron mi carácter, me ayudaron a relativizar muchas cosas y a valorar más lo que soy que lo que tengo.
Paulino fue un personaje nefasto en mi familia. Su madre era una santa mujer a quien yo llamaba abuela Ramona aunque no lo era mía, pero su hijo se casó con una hermana de mi madre. Prefiero llamarlo El Gordo.
El Gordo estudio en el colegio de huérfanos del ejercito y se hizo militar. Al estallar la guerra, observó hacia donde se decantaba el triunfo y eligió el bando franquista y mandó una “bandera de falange” aunque anteriormente el 14 de abril de 1931 saludara alborozado, según me contó mi tío Félix, desde la Puerta del Sol de Madrid, la llegada de la Republica contra la que se rebeló Franco en 1936.
Al terminar la guerra tuvo la habilidad de lograr que lo nombraran jefe de abastecimientos de Gijón sin dejar de ser capitán. Un amoral al frente de los abastecimientos racionados tuvo la oportunidad de oro y vaya si la aprovechó.
Como mi abuela materna pasaba largas temporadas en Madrid por causa de la salud del tío Félix, mi madre y su hermana, ambas casadas, Vivian en la Gerencia de la fábrica con mi abuelo que era el gerente. Mi padre ingeniero trabajaba en CAMPSA de Gijón y el Gordo alternaba su asistencia al cuartel con actividades más crematísticas para su cartera y haciendo bueno, como jefe de abastos de Gijón, el refrán de quien parte y reparte se queda con la mejor parte. No tuvo hijos en su matrimonio con la hermana de mi madre y, aunque hubo rumores, tampoco se le conocieron fuera.
En 1942 muere mi abuelo. Mi abuela y mi madre empujan a mi padre para que deje CAMPSA y entre en la fábrica en la que mi familia tenía el 30%. La idea era evitar que el Gordo estuviera al frente de la empresa sin el contrapeso de mi padre. Yo tenía 8 años y lógicamente nada de esto se hablaba “delante de los niños” pero siempre se escapaba algo, sobre todo por las noches cuando “dormía” al lado de la abuela mientras ésta hablaba con mi madre…
Mi padre era tan íntegro como buen ingeniero pero era un cordero inocente al lado de aquel amoral que no tardó en arrinconarlo haciendo ver a todo el mundo que era un inútil. Y entre todo el mundo estaba yo aunque conmigo no lo consiguió.
En 1940 había nacido mi hermano. Tenía problemas respiratorios y en el 42 nació mi última hermana, así que la tía casada con el Gordo empezó a ayudar a mi madre cuidando a Jesús que era el cuarto. Y lo cuidó tanto que a los 10 años, Jesús en una comida ante la abuela, nuestros padres, los tíos y todos los hermanos manifestó: “pregunté al padre Gallego si era pecado querer más a los tíos que a los padres y me dijo que no”. Para aquel cura debía ser difícil responder de otra forma después de que la tía Carmen había regalado la imagen de la virgen, de más de dos metros de altura, que sigue presidiendo el altar de la capilla del Colegio. También imagino los problemas de conciencia que le llevaron a hacer esa consulta…
Debo decir inmediatamente que mi hermano, que falleció hace unos años, era una gran persona. Pienso que se parecía más que yo a mi padre y no me refiero a lo físico: su carácter más serio que divertido, su bondad extrema y su falta de carácter para oponerse a la voracidad de su tío tuvo que hacerle mucho daño en su interior. Fue padrino del bautismo de nuestra hija Elena y en sus últimos años nunca me llamaba Andrés y siempre hermano como queriendo reafirmar esa condición…
Los años fueron impulsando el sentido de posesión de los tíos. Compraban cariño colmando a Jesús de regalos y discriminando. Yo tenía pocos años y me explicaba las cosas a mi manera: mi padre gana poco y tiene 4 hijos y los tíos ganan mucho y solo un sobrino. Mi padre no tenia coche así que nada extraño que yo solo tuviera bicicleta. El Gordo tenía dos coches y era natural que Jesús tuviera moto. No tengo conciencia de que existiera envidia por mi parte e, inexplicablemente, pasé aquella etapa sin traumas aunque no sin encontronazos con los tíos.
Mi madre y sus tres hermanos heredaron del abuelo la mitad de la propiedad de una fantástica finca a 5 kilómetros de Gijón. Múltiples intentos de nuestro abuelo por unificar la propiedad comprando a sus primos la otra mitad resultaron infructuosos. Pero el Gordo, un capitán con exiguo sueldo, logró “convencerlos” y compró la otra mitad. También compró más adelante las partes de los dos hermanos de mi madre, siendo ésta la única en conservar un octavo de la propiedad. Aunque mi madre murió afirmando que nunca había vendido, la finca aparecía en el Registro de la Propiedad íntegramente a nombre del Gordo. Esa finca hoy es propiedad del pueblo de Gijón por acertada decisión de mi sobrino, hijo mayor de mi hermano Jesús y heredero de la misma: es el Jardín Botánico del Atlántico.
A este asunto volveré mas adelante. Ahora recuerdo otros “éxitos” del Gordo. Recuerdo que intentó llevarme de putas, esta vez sin éxito, para “que me ilustrara sobre los secretos de la vida”.
En su megalomanía fusionó tres sociedades fabriles de las que logró ser consejero delegado. Yo estaba estudiando en Madrid, con 20 años cuando se celebra una junta general del conjunto de empresas cuya sede social había trasladado el Gordo a Madrid. La junta general presagiaba tormenta por lo que el Gordo decidió no acudir y, aun me pregunto por qué, mi familia decide que sea yo quien vaya representando la participación familiar. Y se desencadenó la tormenta y comenzaron los ataques contra el Gordo. Salieron a la luz multitud de hechos ocultos: desde la venta de “cupos” del carbón y hierro racionados, disminuyendo la capacidad productiva de las empresas que dirigía hasta el uso de vehículos y trabajadores de la fábrica para su uso privado. Y yo, un muchacho inexperto era el receptor de aquel mensaje demoledor porque era quien representaba los intereses de aquel depredador.
Fue una situación durísima y a la vez una catarsis para mí. Ese día maduré y vi claras tantas cosas que durante años no había comprendido. Llegué a casa de mi abuela y tío Félix e informé de lo vivido. Ellos temían que la bomba estallase en cualquier momento y no les sorprendió. Hablamos telefónicamente con mis padres a quien conté lo sucedido y vi que también ellos esperaban que se descubriera en algún momento tanta atrocidad.
Desde ese día dejé de hablar con el Gordo. Las comidas eran violentas ante mi silencio. Pero el resto se hablaba como si no hubiera sucedido nada. Fue entonces cuando nació en mi interior un desprecio por las formas y un querer llegar al fondo de las cosas y a llamarlas por su nombre. El mismo día que salieron a la luz las fechorías del Gordo, mis padres debieron haber decidido vivir en casa aparte y no lo hicieron. Me gustaría suponer que quisieron quedarse para tratar de preservar parte del patrimonio familiar pero también creo que fue un error que les costó seguir recibiendo humillaciones durante años.
Por aquellas mi abuela quiso que entrara a llevar una pequeña fábrica que hacía palas para el campo y la construcción. El capital de la misma era exclusivamente de mi familia y me vi en la necesidad de decirle al Gordo que iba a hacerme cargo. Comenzó recomendándome que no lo hiciera porque “aquello” era un muerto insalvable. Al ver que insistía, pasó a las amenazas y me dijo: no te hagas cargo de eso o atente a las consecuencias. Mi respuesta fue la única que me permitía mi forma de ser así que le respondí: me has dado el mejor argumento para que empiece mañana mismo.
Y así fue. Y mi primera acción fue buscar en lo que sabía que podía usar el Gordo para descapitalizar la empresa a su favor y allí estaba. Cabían dos soluciones: denunciarle ante los tribunales o declarar concurso de acreedores y salvar lo salvable. Propuse la primera y la familia optó por la segunda tapando una vez más algo de lo que no eran responsables pero si los perjudicados.
Esta es la primera parte de mi relato. Aun no empecé la segunda que escribiré con respeto a los que viven y reservándome lo que pueda hacer daño. Necesito tiempo y sosiego para ello y me lo tomaré

5 comentarios:

Berenguela I dijo...

Te comprendo ,Andres,y creo que eres un buen tipo....no se puede decir mas.

Ventolin dijo...

Gracias Magui, somos del mismo pueblo y aunque tu bastante más joven, conociste a personajes de los que escribo y sabes de lo que hablo.

Anónimo dijo...

Andrés,he leido tu relato con interés y me doy cuenta que, los "vivos" siempre han existido y seguiran existiendo mientras el mundo sea mundo,,,,,pero,,, ¿ sabes lo que me da rabia?,,,que esos " vivos "no son ni siquiera personas inteligentes, si no, depredadores sibilinos que estan al acecho de hincar el diente a la primera presa que se les cruce, y que gracias a su constancia, acaban consiguiendolo.

abi dijo...

Gandhi decía algo así como que lo peor de lo malo que hacen los malos, es el silencio de la gente buena. Lo que pasa, que muchos buenos temen ser pocos y pagar consecuencias por simplemente decir lo que piensan y creen. Hay momentos si en los que se debe callar, si tenés una 45 que te apunta a la cabeza, calla. Pero pasado ésto, la verdad debe salir a la luz, no quedarnos con ese miedo dentro que nos quita dignidad. Ruego pues que la gente buena, comience a decir las verdades de lo malo que hacen e hicieron los malos...!!!
Doloroso el haber escrito ésto, y haciendo síntesis de todo lo vivido. Andrés, un abrazo fuerte; cuando puedas seguiremos tu relato. Me has subsumido por completo en la historia, me atrapaste cuando leía de modo total.

morganadelasaguas dijo...

Ya se que no te servirá de consuelo pero algo parecido ha ocurrido en nuestra familia, así que te comprendo perfectamente.