lunes, 30 de mayo de 2011

ASIGNATURA PENDIENTE

Es triste comprobar lo poco que avanza España en asuntos de conciencia democrática.
Nuestro primer gobierno de izquierdas se limitó a modernizar algunas instituciones anquilosadas por cuarenta años de dictadura, si bien no es menos cierto que  dio cabida en sus filas a indeseables que se acercaron al socialismo con la intención de medrar. Cuando en octubre de 1982 Felipe González ganó las elecciones generales, contaba con unos cuadros mínimos, carentes en su mayoría de solida formación democrática.  A finales del franquismo apenas había organización socialista en el interior del Estado español. Los cuadros estaban en el exilio hasta el Congreso de Suresnes (cerca de Paris) en 1974. 
Los comunistas, con mayor sacrificio, mantuvieron la estructura en la clandestinidad y crearon Comisiones Obreras infiltrada en el sindicalismo vertical de la dictadura, de tal forma que al caer ésta, disponían de una organización bien entrenada y que había vivido la ética de la clandestinidad.
La falta de tejido social, produjo el aluvión de entrada en el PSOE sin el debido filtro y hablo por experiencia personal.
El referéndum sobre la entrada en la OTAN al que se vio abocado Felipe González, vació las arcas de su partido y propició las corruptelas para resolver la precaria situación económica. Y quien “recaudaba” para el Partido dejaba algo o mucho para su provecho personal. Tan vergonzoso como cierto.
Zapatero en su primera legislatura inició un verdadero cambio de progreso social. La ley de igualdad de sexo, la de Dependencia, la universalización de la enseñanza gratuita o la sanidad pública, la legalización de matrimonios de igual sexo, son pruebas de su política de izquierda. Le faltó, entre otras cosas, una más decidida actitud frente a los intolerables privilegios de la iglesia católica.
Y llegó la crisis financiera nacida en el Imperio.
Y las doctrinas neoliberales dictaron normas para mitigarla.
 Y decidieron que los errores de los poderosos los debían pagar los más débiles.
Y las autoridades financieras de la Unión Europea exigieron a Zapatero recortes sociales bajo la amenaza de intervenir nuestra economía como han hecho con la irlandesa, griega y portuguesa.
Y mientras la derecha europea alaba la política de Zapatero, la derecha española le achaca todos los males desde la pérdida de la Armada Invencible hasta nuestros días.
Y el electorado se lo cree y lo abandona. Como dice el refrán, “además de cornudo, apaleado”.
Y nuestra incultura política tolera que en las listas electorales recientemente votadas, haya imputados en casos de corrupción que han sido elegidos en todos los partidos del arco parlamentario.  Tan vergonzoso como cierto. ¿Por qué no somos capaces de exigir a nuestros gobernantes la más estricta pulcritud en temas de corrupción? Prefiero pensar que no es porque en nuestra vida personal o profesional, tenemos una conciencia permisiva en estos asuntos.
Me temo que la Ejecutiva socialista no está leyendo correctamente la situación. Decide llamar “primarias” a la elección del futuro candidato socialista a la presidencia del gobierno, apartando de la carrera a una militante joven, preparada y coautora del programa con que Zapatero llego a la secretaria general del Partido y a la presidencia del Gobierno mientras nombra a un sobreviviente de todas las guerras internas desde la época de González y que nunca se enfrentó a una elección interna.
Desgraciadamente la asignatura “Educación para la Ciudadanía” sigue siendo una asignatura pendiente para muchos.   

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Andrés, cuanto más pienso por dónde puede venir la solución de lo que te leo, menos esperanzas me quedan. Somos un país que está , aún, pagando la incultura (en todos los sentidos) de una Historia que ha hecho mucho daño mental y éste es el resultado: el conformismo y el analfabetismo político. Si por algunos fuera, ni podríamos divorciarnos, ni votar, ni manifestarnos en contra de determinadas cosas. Yo sí que estoy indignada aunque no ande por SOL. Minervina.

Ventolin dijo...

Al menos, querida Paisana, nos queda el derecho al pataleo. ¿O tampoco?