domingo, 30 de octubre de 2011

CAMERÚN

Manoli y Antonio son una pareja extraordinaria con cuya amistad nos honramos Marilina y yo. Son más jóvenes que nosotros aunque ya tienen nietos. Ayer recibimos el relato de su experiencia en Camerún y hoy lo cuelgo en este blog para conocimiento y admiración de cuantos lo lean.

Londres, 28 Octubre 2011 
Queridos todos,
Aquí viene la prometida misiva de nuestra aventura camerunesa.
Para empezar deciros que ha sido una experiencia increíble, y hemos regresado con nuestros objetivos del viaje cumplidos y las expectativas superadas.
Muchas gracias a mi GRAN amiga Carmen, por transmitirnos su amor por Camerún y darnos las pautas y los contactos para conocer un poquito,
dentro de lo que se puede en 22 días,  la realidad de un país fascinante.
Los 22 días de aventura nos han cundido muchísimo: hemos trabajado y vivido en un barrio del extrarradio de Yaounde, la capital, entre chabolas, pistas sin asfaltar y socavones imposibles,  niños jugando en nuestra puerta  y vistas impresionantes de la ciudad; en el hospital hemos hecho inventario de medicinas hasta aburrirnos, hemos asistido a una auténtica celebración bamiléké; hemos comido pescado a la brasa con las manos, hemos visto venir una niña al mundo, sin epidural ni entre algodones; nos hemos levantado cada día al alba, con el sonido del gallo, a las 6 en pie y a la faena, pero sin quejas, ni perezas; hemos  asistido a una recepción en casa del embajador de España, con el cuerpo diplomático, viendo así la vida de la otra cara de la moneda; hemos vivido en mitad de la jungla, en Bikop o el paraíso, donde parece increíble que haya civilización, entre casas de adobe con suelos de barro, donde se cocina con fuego-fuego  y una treintena de conejillos de indias, corren sobre el barro del suelo de la cocina antes de ir pasando por el puchero en los próximos meses para alimentar a la familia; hemos visto llover cortinas de agua, durante 3 horas, seguido por un sol radiante; hemos estado en escuelas con niños como los sobris, que con 3 añitos andan 2 horas por la jungla, con sable o machete en mano para abrirse paso en la maleza, solos con sus hermanitos, hasta llegar al cole, donde a las 12, comen su primera comida del día (y a veces la única): 1 plátano un vaso de leche en polvo y un trozo de pan; hemos viajado en camionetas de 18 plazas, con casi el doble de pasajeros, donde la gente se santiguaba antes de arrancar (¡y no me extraña!); hemos sentido lo que es ser blanco en África, las reacciones que generamos por el color de nuestra piel; hemos visto que la malaria mata a más niños que el SIDA, que el SIDA tiene cura, pero no la superstición y brujería; hemos sido “chicos para todo”: mecánicos,  reporteros, técnicos de proyecto, fotógrafos y mirones, sobre todo mirones intentando no perdernos detalle de nada.
Hemos vivido en mitad de un poblado chabolista en Duoala, sin agua corriente y con diarrea, durmiendo casi siempre en camas imposibles; hemos jugado con chimpancés huérfanos, hemos navegado en piraguas artesanales, despertado a 10 metros del mar en una playa donde no había nadie más;  nos hemos dado un festín de marisco recién pescado en Grand Batanga con una estupenda compañía; hemos escuchado como se le escapaba la vida  a un chico de nuestra edad al otro lado de la calle; hemos montado en moto a la camerunesa (3, sin casco y casi con la botella de butano); pero sobre todo hemos conocido a gente maravillosa:  gente mucho más interesante durante 3 semanas que la gente que hayamos podido conocer durante 3 meses en Europa; hemos sido acogidos por los cameruneses e invitados a sus casas, a comer con la mano más pescado a la brasa o lo que hubiera, pero compartido de corazón; hemos conocido a europeos “africanizados”, gente muy inteligente, culta y  adaptada, con los ojos siempre abiertos para empaparse de más, y con las prioridades recolocadas hacía una vida más plena y feliz, sin estreses ni ansiedades; hemos sido testigos del grandísimo trabajo de los cooperantes laicos y sobre todo de la Iglesia, (los misioneros también son Iglesia aunque no sean Vaticano); la inmensa la falta de información e ignorancia de Europa sobre el INCREIBLE trabajo que realizan las misioneras y misioneros en África (para lo cual es necesaria la formación y apoyo desde Occidente), hemos visto cómo esta gente entrega el 200% de su vida, 25 horas al día, por amor a los demás, por mejorar la vida de los que sufren, sin condiciones, sin sermones, sin cielos ni infiernos, con los pies en la tierra, sin juzgar y con la cabeza en su sitio, pero impulsados por el mensaje de Jesús. Misioneras que hablan de sexualidad, métodos anticonceptivos, moral, respeto, dignidad, vida, muerte y los errores de la otra parte de la Iglesia  con mucha más amplitud de miras que muchos anti-clericales súper progresistas. Hablan de eso y de mucho más, pero en lo que hacen demuestran amor y Evangelio, sin palabras, con acciones. Ellas han sido nuestros ángeles de la guarda donde no hay lugar para los guiris inocentes, nuestras
madres, hermanas y amigas: Cristina A, Cristina L, Sara, Matilde, Rosi, Aurelia, Ana, Francesca, Faustine, Julie, Begoña, Socorro, nuestra querida Marisa, Águeda…
Y por último me he sorprendido aún más con mi mejor compañero de viaje y de vida: he visto que es aún más excepcional  de lo que ya sabía que era, le he visto trabajando de sol a sol con su permanente sonrisa, buen humor y poca charlatanería, abierto y receptivo a todos, deseando aprender, sin juzgar nada ni a nadie, compartiendo mi fe  desde su propia vivencia personal. Un enorme orgullo ver cómo se ha metido en el bolsillo a todos a su paso: niños, mayores, misioneras, blancos y negros e incluso chimpancés!
Ahora vuelta a la realidad y a digerir todo este atropello de vivencias, pero inmensamente feliz, llena y agradecida al de arriba, al de mi vera, al resto de mi familia y amigos y a todas las personas
que han hecho que este viaje haya sido tan especial.
GRACIAS

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bellísimo y esperanzador relato. Puro amor. Ana

Ventolin dijo...

Coincido al 150% con tu comentario querida Ana