sábado, 22 de octubre de 2011

VÍSPERA DE OTRA VICTOTIA

Beatriz Sarlo es escritora, ensayista y crítica literaria argentina.
Cristina Fernández de Kirchner arrasará en las elecciones del domingo. El Gobierno que salga de ellas será el más fuerte y concentrado de los últimos 30 años. En cambio, el sistema político es el más débil y disperso
Nadie duda de la victoria de Cristina Fernández de Kirchner. Las elecciones presidenciales argentinas están ganadas desde las primarias abiertas que tuvieron lugar el 14 de agosto. Nada de suspense en lo que concierne a un tercer mandato. ¿Hay algo nuevo en esta situación? ¿Hay algo que tanto opositores como oficialistas pueden festejar juntos?
Por supuesto. El tercer periodo del partido de Gobierno marca definitivamente que se han recorrido los tramos más peligrosos del camino iniciado en 1983 con la presidencia de Raúl Alfonsín. Lo que se llamó "transición democrática" ya es un capítulo cumplido. No hay más transición, sino continuidad institucional, sea quien sea el presidente elegido.
Valdría la pena, entonces, examinar qué democracia ha quedado después de la transición. El partido de Gobierno, que une a casi todos los afluentes peronistas y lleva como rótulo Frente para la Victoria, ha desbaratado al resto de las representaciones políticas. Las ha reducido a retazos poco significativos y, seguramente, los resultados del próximo domingo le darán a la presidenta una holgada mayoría parlamentaria propia (hecha de hermanos, primos y arrimados). El único interrogante con perspectivas de futuro es el Frente Amplio Progresista, encabezado por Hermes Binner, que inicia una construcción a la uruguaya (como lo indica el nombre que ha elegido).
El Gobierno que resulte de estas elecciones será el más fuerte y concentrado de los últimos 30 años. El sistema político es, en cambio, el más débil y disperso. Esta es la paradoja argentina. Refleja una realidad difícil de aceptar: la democracia es, en estas tierras, un sistema atenuado por tres rasgos que el peronismo (kirchnerista o no kirchnerista) perfeccionó a lo largo de su historia: verticalismo, centralismo y carácter plebiscitario.
Vamos de a uno. Al ganar estas elecciones la presidenta reafirma una legitimidad de origen. La va a votar más del 50% del padrón. La adoran los sectores más empobrecidos (que subsisten gracias a los planes sociales pero que están casi definitivamente excluidos del trabajo y de los sueños de ascenso). La respetan sectores medios, porque les parece decidida y llena de coraje; y piensan esto mientras enarbolan sus bolsas de compras y sacuden sus tarjetas de crédito. Tiene un grupo creciente de capitalistas amigos, entre ellos los grandes empresarios mineros, que son acusados de depredadores, no pagan casi impuestos y reciben una silenciosa bendición presidencial.
El plebiscito electoral reafirma a Cristina Fernández. Pero, antes, venía de ganar una batalla cultural en la que conquistó a jóvenes, que hoy son funcionarios del Estado; artistas, que la apoyan desde los medios públicos, que funcionan como medios del Gobierno; académicos e intelectuales, que han visto el crecimiento de los presupuestos destinados a la ciencia y el arte. La máquina cultural kirchnerista no es, por cierto, solo simbólica, sino que devora recursos estatales, contratos, participación en canales de radio y televisión, descomunales puestas en escena como lo fueron los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo y la actual megaexpo Tecnópolis. Gran espectáculo, recursos económicos a discreción, persuasión de la imagen.
El centralismo es la forma en que este dispositivo se ha implantado. La tradición peronista fue centralista desde sus comienzos en la década de 1940. El líder ocupa un vértice a partir del cual se ordena todo: el partido de Gobierno, las bancadas parlamentarias, los ministros y funcionarios. Néstor Kirchner jamás hizo una reunión de gabinete ministerial. Cristina Fernández, tampoco. Son una instancia innecesaria, tanto como es innecesario el partido. Todo fuga hacia el vértice y desde el vértice descienden todas las decisiones. Esto pulveriza cualquier conato de reflexión horizontal, dentro de un partido congelado en la obediencia y un Gobierno cuyos funcionarios responden, sin relevos, a la presidencia. La verticalidad del justicialismo kirchnerista es un ideal de funcionamiento. Por eso, la presidenta no dialoga con la oposición ni con la prensa. Sencillamente, imparte clases magistrales por cadena nacional.
Por supuesto, el centralismo es la consecuencia de este rasgo. La Argentina es un país federal solo en la letra de la Constitución. Todas las decisiones, comenzando por las presupuestarias pasan por la Casa Rosada. Varias provincias debieron reclamar, ante la Corte Suprema de Justicia, deudas que el Estado nacional tiene con ellas. Poco han logrado. El lema es una vertiginosa actualización del "doy para que me des". El lema es "doy, si me obedeces". La presidenta maneja a los gobernadores a través del reparto de recursos que realiza poniendo en un platillo de la balanza la fidelidad y en el otro los dineros públicos. La autonomía de las provincias se reduce al mínimo a través de un chantaje económico constante y despiadado.
¿Todo está mal entonces? Contestar afirmativamente implica pasar por alto que la presidenta ha continuado dos políticas importantes. Por un lado, la que concierne a los derechos humanos y la continuación de los juicios a los responsables del terrorismo de Estado. Nadie puede reprocharle vacilación en este punto. Con esta política Cristina Fernández ha construido su armadura protectora y su casco mágico. Las organizaciones de familiares, Madres y Abuelas, la veneran y, desdichadamente, han ido perdiendo su carácter extrapartidario para convertir a muchos de sus dirigentes en militantes oficialistas. Pero el uso de las políticas de derechos humanos no debilita la importancia de haberlas encarado con decisión. Tampoco le quita méritos el hecho de que, cuando fueron enunciadas por Néstor Kirchner, el momento era mucho más propicio que cuando el presidente Raúl Alfonsín, en 1985, enjuició a las tres Juntas Militares.
Están también las políticas de subsidio a la pobreza. Aprobarlas tal como siguen hoy sería ignorar que, cuando se implementaron, a partir de la crisis del 2001, la situación era catastrófica. En la actualidad, la Argentina está en condiciones de perfeccionar esas redes sociales. Sobre todo, de hacerlas independientes de caudillos, de expulsar la tutela del clientelismo y liberar así la voluntad de quienes se benefician con subsidios y todavía pueden temer que un cambio de Gobierno termine con ellos. Esta es una tarea inmensa, la mayor y la más importante en términos políticos y, sobre todo, una tarea emancipatoria. La gran pregunta es, sin embargo: ¿querrá la presidenta en su tercer periodo emancipar de la tutela del clientelismo a sus votantes pobres e indigentes?
Algunas cuestiones pendientes para este tercer periodo: por ejemplo, la despenalización del aborto. Hace meses, Cristina Kirchner se manifestó en contra. No volvió a pronunciarse sobre el tema y hay en el Congreso un proyecto de ley que deberá tratarse. La pregunta es si prevalecerá un talante conservador y antiliberal. El tema casi no fue objeto de debate previo a las elecciones. Quien esto escribe se escandaliza de que los partidarios de la despenalización subrayen, con toda razón, las consecuencias sanitarias de los abortos clandestinos, pero se hable muy poco de los derechos de las mujeres a la libertad de elegir su vida. Quizás el talante conservador sea compartido con amplias mayorías sociales.
No creo que sea una cuestión de detalle. Hace a la composición ideológica mixta del kirchnerismo, con algunas vetas tradicionales fuertes, aunque estén disimuladas por el aire de innovación que una mujer pone en la presidencia. Populismo actualizado, democracia plebiscitaria y poco institucional, el kirchnerismo es esa mezcla que habilita que muchos progresistas formen en sus filas y otros progresistas, casi idénticos, sean opositores con razones igualmente fundadas. Algo que caracterizó desde sus comienzos al peronismo histórico.

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